martes, 11 de diciembre de 2012

El Museo de la Música se afina

Frederic Mompou, fotografiado
por su hermano Josep, junto a la Sagrada Familia.

Nombrado en septiembre, Jaume Ayats, no fue presentado como nuevo director del Museo de la Música de Barcelona hasta ayer, coincidiendo con la presentación de la nueva exposición temporal que tiene como protagonistas a Frederic Mompou y Antoni Gaudí. Una muestra que ha de impulsar el centro para que deje de ser “invisible”. Un gran reto para Ayats, acostumbrado a lidiar con orquestas y escuelas de músicas, que desde ahora tiene que conseguir que el museo instalado en el flamante complejo construido por Rafael Moneo para el Auditori de Barcelona deje de ser solo un lugar donde se exponen instrumentos y, consiga superar las bajas cifras de visitantes (33.000 en 2011). Ayats también ha asumido la dirección del centro Robert Gerhard de la Generalitat, que promociona el patrimonio musical catalán. “El museo tiene que dejar de ser un centro escondido en un rincón de la ciudad”, ha asegurado el nuevo director.
Para conseguir que el museo (situado entre los tres más importantes de Europa, junto a los de Bruselas y París) llegue a más y más diverso público, el centro, con un presupuesto anual de 1,2 millones de euros, ha de ser, una especie de “ágora de debate y un motor de divulgación y de experimentación de la música catalana”, defendió el nuevo director.
Sin entrar a detallar su estrategia, explicó, en presencia de Jaume Ciurana, presidente del Auditori y concejal de cultura barcelonés y Xavier Solà, vicepresidente del centro y número dos del departamento de Mascarell, que el museo se promocionará con mayor presencia en la calle, “en el bus turístico y en todos los circuitos habituales destinados al turismo de Barcelona”, en las escuelas y en Internet, incorporando a la red la colección de instrumentos, y con acciones como visitas a parte de los fondos, como a la colección de guitarras, que pasa por ser una de las mejores del mundo, según el propio Ayats.
Otra de las iniciativas es la organización de exposiciones temporales. Y si en uno de los protagonistas es Gaudí, la presencia está garantiza. EnEl sonido de la luz. Mompou/ Gaudí, un proyecto del músico Adolf Pla y el fotógrafo Marc Llimargas se explican los paralelos entre estos dos artistas, tanto en lo que hace referencia a la concepción de su arte como a las fuentes de inspiración. A través de documentación y objetos inéditos —se exponen más de 80 piezas originales de Mompou nunca exhibidos, desde medallas, discos, partituras y recuerdos personales—, además de su piano que sigue lanzando al aire el tono metálico que tanto gustaba al compositor de la música callada.
Personal, espiritual, miniaturista y autor de breves sintonías —seguramente la más famosa es la de la cadena SER, creada en 1951— Mompou pese a ser, junto a Falla, el compositor que más bibliografía ha generado, no es un compositor muy interpretado.
Los comisarios han resaltado la inspiración natural, la sencillez de elementos y la originalidad de los dos autores de gran espiritualidad. “Mompou sentía que si una obra estaba bien era porque algo superior la había hecho y no nosotros”, aseguró Pla. La exposición termina con una idea sugerente: La Sagrada Familia fue concebida por Gaudí como un enorme instrumento musical, con tres órganos monumentales y un coro multitudinario, además de 12 torres perforadas a modo de tubos de un órgano con siete campanas cada una. Para callar a incrédulos, Pla aseguró que está en marcha una tesis sobre el tema. El clímax llega cuando en una instalación sonora, el visitante puede oír las campanas del templo tocar una de las melodías de Mompou.

Javier Busto, Nerea Muruamendiaraz y Olimpia García, premios UPV-Orfeón


Javier Busto, Nerea Muruamendiaraz y Olimpia García han resultado ganadores del 12º Premio Universidad del País Vasco-Orfeón Donostiarra, que se entregará el próximo sábado, día 15.
La universidad pública ha recordado en un comunicado que este galardón, que este año llega a su decimosegunda edición, fue creado con la doble finalidad de reconocer la trayectoria profesional en la creación musical y de incentivar la investigación musical.
El jurado, integrado por la comisión de seguimiento del convenio suscrito entre las dos instituciones, Orfeón y UPV, ha decidido conceder el galardón a Javier Busto por su labor y trayectoria destacada en el mundo musical. Además, se entregará un premio ex aequo a la investigación musical a Nerea Muruamendiaraz por su trabajo Educación musical y danza tradicional, un estudio descriptivo y a Olimpia García López por Norberto Almandoz Mendizábal (1893-1970): Vida y obra.
La entrega de los galardones se realizará el próximo sábado a mediodía, en el Auditorio del centro Ignacio María Barriola del campus guipuzcoano de la UPV, durante un acto académico en el que intervendrán el presidente del Orfeón Donostiarra, José María Echarri, y la vicerrectora de dicho Cristina Uriarte. Al término del acto, el Orfeón Donostiarra ofrecerá una actuación abierta al público con obras de su repertorio tradicional.

Un país extranjero


“El pasado es un país extranjero; allí hacen las cosas de forma diferente”. Es el inicio de The go-between, la novela de L. P. Hartley, aquí más conocida por la versión cinematográfica de Joseph Losey, El mensajero. La frase resucita al indagar sobre las giras de artistas de jazz, montadas por el Departamento de Estado en los sesenta.
Asombra saber que, hace cincuenta años, la orquesta de Duke Ellington recorría Oriente representando al gobierno de EE UU. Durante tres meses de 1963, aquella engrasada big band ofreció conciertos y conferencias ilustradas en India, Pakistán, Sri Lanka, Irán, Irak, Afganistán, Siria, Jordania, Líbano. El listado produce vértigo: es obvio que ningún artista occidental podría realizar ahora mismo ese periplo.
No proliferaba el fundamentalismo fanático, capaz de secuestrar ¡o asesinar! a cualquier infiel que se pusiera a tiro. El enfrentamiento se limitaba a las ideologías —comunismo o capitalismo— y no entraba en religiones o estilos de vida. Todos aquellos regímenes, relativamente recientes, alardeaban de laicismo.
Lo que no significa que el viaje de Ellington y compañía estuviera exento de peligros. En Bagdad, coincidieron con el golpe de estado del coronel Arif, que desplazó al partido baazista, con Sadam Husein entre los perdedores. Los aviones bombardearon el palacio presidencial y las escaramuzas llegaron a las calles; con todo, el concierto se celebró y fue transmitido por la televisión gubernamental.
Ignorando el toque de queda, algunos instrumentistas se escaparon a un supuesto nightclub bagdadí. Según su descripción, se encontraron con “dos hombres y veinte mujeres, todos temblando, mientras en el exterior vigilaban tipos con metralletas”. Parece evidente que aquellosjazzmen estaban hechos de una pasta diferente a la de los músicos del tiempo presente.
Asombrosamente, durante la gira no se registraron incidentes dignos de mención. Cierto que hubo que despedir a Ray Nance, trompetista y violinista con historial de drogas: se mostró bronquista y rebelde. Se produjo una situación delicada con el aterrizaje en Nueva Delhi de una “amiga” del Duque, una dama de pasaporte argentino llamada Fernando de Castro Monte, conocida en Las Vegas como la Condesa. No se podía difundir que Ellington era un mujeriego; los cuidadores oficiales se esforzaron en evitar que fueran fotografiados juntos.
Según el Departamento de Estado, los músicos debían proyectar una imagen de “gente honesta, de buena voluntad, informal, laboriosa y casta”. Esa última exigencia revela el abismo de distancia entre los burócratas de Washington y la realidad de una banda en gira. Losjazzmen, forjados en los tiempos ásperos de la segregación y la prohibición, demostraron asombrosos recursos para conseguir compañía femenina y alcohol, incluso en ciudades islámicas.
Había, claro, un plan maestro detrás de aquella gira. Se desarrollaba el argumento de que el jazz representaba el espíritu del american way of life; al celebrar los logros de Duke, también se pretendía diluir las noticias sobre los conflictos raciales en Estados Unidos.
Ellington coincidía por lo menos con el mensaje anticomunista y así se lo hizo saber a periodistas incordiantes en las inevitables ruedas de prensa. Para él, las libertades eran indivisibles: libertad de expresión, libertad sexual, libertad de culto, libertad empresarial; rechazaba explícitamente el concepto del músico funcionario o subvencionado.
La gira abarcaba otros países pero se suspendió en Turquía, al saberse que el presidente Kennedy había sido asesinado en Dallas. Esa dramática conclusión no impidió que Ellington grabara en 1966 un elepé titulado The Far East suite, con formidables piezas que hacían referencia a algunos de los lugares que había visitado.
También el Departamento de Estado hizo las cuentas y le salió un balance positivo. Alguien sugerirá que Ellington era un peón más en el gran tablero de la Guerra Fría. Evidente. Pero había inteligencia en el hecho de exportar algo tan estadounidense como el jazz. Washington incluso ampliaría la propuesta: en los años setenta, patrocinó recorridos internacionales de un revolucionario del calibre de Ornette Coleman o de un eterno insumiso como Charles Mingus. Urge reconocer que era una táctica más sofisticada que la actual, que pasa por mandar losmarines y los drones.