Mostrando entradas con la etiqueta Estilos musicales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estilos musicales. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de diciembre de 2012

La madurez y el sonrojo


Se hace raro ver a Melendi en diciembre, periodo en que las barbies de extrarradio y sus reglamentarios churris suburbiales andan algo mohínos, preocupados por la primera evaluación y los engorros familiares, abrigaditos hasta las orejas y sin apenas margen para el alboroto hormonal. Claro que el ahora también animador televisivo es un artista en pos de su madurez, como ya proclamaba con su anterior Volvamos a empezar y reiteró anoche en el estreno de Lágrimas desordenadas, patrocinado por una compañía telefónica que convocó a mozalbetes monísimos y sirenas de piernas infinitas. Eso sí: La Riviera sigue sonando a rayos, por muy beautiful que sea la concurrencia.

Ramón Melendi endosó sus 11 nuevas canciones y certificó que a los más fieles les han bastado unas pocas semanas para interiorizar las letras. Un prodigio de enjundia y lirismo, sin duda. El asturiano se nos muestra lírico y enamoradizo en Tu jardín con enanitos (“Quiero que lleves tu falda y también mis pantalones”), analiza con sagacidad los resortes del desapego en Cheque al portamor (“Ahora vete en busca de aquella cartera que sostenga tus tratamientos de belleza”) y, aún mejor, se transmuta en autor concienciado en De repente desperté: “El poderoso pinta garabatos para lavarse las manos después”.

Voz rasposa y de garrafón, retratos trillados de la canallesca noctámbula, una retahíla monótona y redundante para las melodías. Ramón pretende emular el rock urbano de Extremoduro o Sabina, pero aún no ha superado la etapa de párvulos.La que corresponde intelectualmente a esas letras que pretenden ser confesionales y encallan en el bochorno. Ningún ejemplo mejor que Mi primer beso, sonrojante crónica de escozores genitales en la primera cita. Debió sentirse picaruelo y hasta incluyó guiños onanistas (“agítame antes de usarme”), pero solo suscita un sentimiento españolísimo: la vergüenza ajena.

Marina Heredia: “La industria del disco ha tenido al flamenco en un rincón”

Marina Heredia en el ensayo de 'A mi tiempo' para la la Bienal de Sevilla.

La cantaora granadina Marina Heredia ha presentado este lunes en Granada su reciente espectáculo, A mi tiempo, del que saldrá el próximo año un nuevo disco autofinanciado. La artista ha destacado la dificultad actual de los cantaores para publicar sus trabajos. “La industria del disco ha tenido al flamenco en un rincón”.

Heredia dará este sábado un concierto en el Auditorio Manuel de Falla de Granada para presentar su proyecto, con el que ha hecho una revisión del flamenco en diferentes épocas para "actualizar" cantes y cantaores y reivindicar el tiempo personal. En su espectáculo, que se presentó en la Bienal de Flamenco de Sevilla, contará con la colaboración especial de la Comparsa de los Gitanos del Puerto de Cádiz y la de su padre, Jaime Heredia El parrón.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Diana Krall revisa los orígenes

Diana Krall en un concierto en san Sebastián en 2008.
Diana Krall, la gran diva del jazz, es el primer gran nombre confirmado por el Jazzaldia para su 48 edición, que se celebrará entre el 24 y el 28 de julio. La artista junto al histórico Pharoah Sanders constituyen la avanzadilla del festival donostiarra que se completa con otras voces emergentes, según ha anunciado la organización en un comunicado, y entre las que se encuentran Gregory Porter y Youn Sun Nah, y veteranos, como Dave Douglas, Steve Swallow y Steps Ahead.

Krall llegará a San Sebastián –actuará el 28 de julio- con su proyecto Glad Rag Doll, una zambullida en los comienzos del jazz, en las creaciones alumbradas entre los años 20 y 30 del siglo pasado.La pianista y cantante se ha sumergido “en la colección de discos de su padre, de aquellos discos que giraban a 78 revoluciones por minuto y que tienen un sonido tan imperfecto como entrañable”.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Madrid era Leipzig


Todo empezó en 2004. Oscar Gershensohn con La Capilla Real de Madrid y Alberto Martínez Molina con Hippocampus unieron sus fuerzas para desarrollar en iglesias y recintos históricos de la capital un ciclo con la integral de las cantatas y otras obras de música religiosa de Bach. Este fin de semana culmina la extraordinaria experiencia- 150 conciertos, casi 70.000 espectadores- con la primera de las cantatas de Navidad, la BWV 248, la BWV 143 y la popular BWV 147. De esta última se invitó al público, que abarrotaba ayer la parroquia del Perpetuo Socorro, de la calle de Manuel Silvela, a cantar como propina el coralJesus bleibet meine Freude, de la BWV 147 -se repartieron partituras- en una atmósfera de alta tensión emocional, que propició las lágrimas tanto del público como de excelentes instrumentistas como Ruth Verona, violonchelo, o de Elena Borderias, viola, o el nudo de en la garganta de la extraordinaria violinista Kerstin Linder-Dewan. El público respondió al reto y Madrid, por unos momentos, parecía Leipzig. Era Leipzig.
El concierto transmitió una irresistible vitalidad desde el comienzo, como si las primeras palabras del coro de la cantata BWV 248. “Regocijáos, alegraos”- fueran una contraseña. Gershensohn impuso un ritmo frenético, demostrando una gran complicidad con sus músicos y cantantes. Todos sonreían. Bach resultaba cercano, incluso familiar. Los puristas seguro que sacan más de un defecto. En esta ocasión era secundario, pues lo que más importaba era el espíritu de fiesta, de aventura artística compartida. Marta Infante e Inma Férez brillaron particularmente entre los solistas vocales. Y Alberto Martínez desde el órgano, y…Pero lo que realmente contaba era el lado solidario, colectivo. Esta tarde se pone, en la misma iglesia a las 16 horas, el punto final de esta iniciativa ejemplar, que ha contado con 21 grupos y con solistas invitados de la talla de Gustav Leonhardt y Christophe Coin. Por valentía y por tenacidad este proyecto ha sido de los de quitarse el sombrero.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Que el público elija la mejor, son 1.000 euros

El Sedajazz Latin Ensemble en una actuación del Palau de la Música.

Si alguien se pregunta cómo puede sonar una composición jazzística inspirada en la energía sostenible, mañana es su día, porque en el auditorio Joan Plaça del Jardín Botánico de Valencia se dilucidará cuál es la mejor de las piezas presentadas al concurso Jazz, Energía y Sinergia, promovido por Sedajazz Colectivo de Músicos y la Sociedad General de Autores de España (SGAE). El premio, otorgado por esta entidad, es de 1.000 euros.
Veintidós piezas se han presentado a concurso, procedentes de distintos puntos de España, de Chile, Cuba, Estados Unidos, Holanda y Alemania. "Este concurso ha sido la forma de dar visibilidad artística a la importancia de la energía que se desprende de cualquier tipo de proceso creativo", explican desde el colectivo organizador, que remata con una mezcla de concierto y fallo del jurado que tendrá lugar este sábado por la tarde en el Botánico, sede de un ciclo de jazz que durante los últimos meses ha buscado relacionar cada actuación con un tipo de energía renovable, ya sea viento, agua, sol o biomasa.

viernes, 14 de diciembre de 2012

De La Latina al cumpleaños de un millonario ruso

El grupo madrileño The Right Ons.

No, no les vamos a contar la fábula, mil veces oída, del grupo de rock con un ascenso fulgurante al estrellato. La de los Right Ons, como ocurre la mayoría de las veces en la vida real, es más modesta y probablemente más divertida. Porque la del quinteto madrileño es la historia de un grupo osado y sin prejuicios que, como ellos mismos dicen, se apunta “a un bombardeo”. Hace unos años, el cantante Álvaro Guzmán y el guitarrista Rafa Fernández tocaban todos los domingos en una calle de La Latina (“le dábamos vidilla a la Costanilla de San Andrés y sacábamos para croquetas y cañas”, dice Guzmán), y de ahí a tocar canciones tradicionales rusas en la fiesta de cumpleaños del “número uno del petróleo en Rusia” hay un trecho, que ha incluido conciertos en varios continentes y también en el interior de un coche de nombre engañosamente minimalista (cupieron los cinco, instrumentos incluidos).
Procedentes de bandas como Jet Lag, los Right Ons surgieron hace cinco años y su nombre ya daba una idea de por donde iban los tiros: soul y funk con actitud roquera. El volcánico James Brown exteriorizaba su aprobación en los conciertos con gritos de “right on, right on”, una expresión adecuada al espíritu lúdico que buscaba el grupo: “La acepción más vulgar y directa sería ‘de puta madre”, explica Guzmán en un café de la Plaza de Isabel II: “Y si queremos ponerlo más madrileño, seríamos Los Debutis”.
Poco a poco, los Right Ons fueron dejando de lado las raíces negras para adoptar un sonido más cercano al rock de los setenta, plasmado en su tercer álbum, Get out (2011), un disco conciso y rotundo cuya gira acaba esta noche en Joy Eslava. “Con esta actuación cerramos una etapa, será especial porque muchos de los temas no vamos a volver a tocarlos. Estamos probando una nueva línea de trabajo”, revela el vocalista. “Sí, tal vez haya un cambio de estilo”, puntualiza Martín Muñiz, teclista. ¿Hacia dónde? “No lo sabemos, pero en enero entramos a grabar nuevas canciones”, señalan, antes de aventurar que, quizá, éstas tengan un punto más electrónico, al modo de los franceses Justice.
También pudiera ser que se estrenen componiendo en castellano, una inquietud nacida tras una colaboración fallida con Loquillo: “Estuvimos trabajando con canciones de Sabino [Méndez] y nuestras. A Loquillo le gustan los Right Ons y surgió la idea de hacer un disco conjunto que al final no ha salido, pero nos despertó el gusanillo de grabar en español”, cuenta Muñiz. No sería tarea complicada para Guzmán, que ya ha cantado en ruso: “Era la fiesta de cumpleaños de un magnate del petróleo, en una mansión de Mallorca. Me tuve que aprender fonéticamente una canción tradicional, Katyusha. Mira, todavía me acuerdo”, dice el cantante, que entona de carrerilla la composición que animaba a los soldados soviéticos en su marcha al frente, y de repente parece que las cañas se han convertido en vodkas y en Ópera hace un frío aún más helador.
The Right Ons actúan hoy, 14 de diciembre de 2012, a las 19.00 en Joy Eslava. Entradas: 16 euros.

A la salud del padrino ‘mod’

El músico estadounidense Bart Davenport.

Parkas en Siroco. Suena a contradicción meteorológica si no fuera porque The Jam resucita esta noche en dicha sala. O al menos Sound affects, su obra magna según Paul Weller, el líder de la banda que impulsó el revival mod entre los setenta y los ochenta. La lluvia quizá desaconseje las Lambrettas pero, 32 años después, el disco de los británicos llega en la voz del cantautor californiano Bart Davenport (Oakland, 1969), aliado con los catalanes Biscuit para una gira de homenaje con parada en Madrid. “A los 15 me dije que sería mod toda la vida. Y se ha cumplido, pero solo cuando quiero”, espeta con sorna Davenport, admirador loco de Weller entonces (“intentaba hacer todo como él”) y artesano ahora de un pop exquisito que bebe del folk, elsoft-rock y el soul. “Pasé de versionar a The Jam en el instituto y llevar sus mismos zapatos blanquinegros a ejercer de purista del rhythm & bluescon The Loved Ones, una banda de San Francisco. Hoy todavía me influye Weller con su carrera en solitario”.

Notas de unas fiestas

Intérpretes de gospel que intervendrán en el teatro Fernán Gómez.

El sonido natural de la Navidad no tiene por qué llevar incorporado el tintineo de la pandereta o la fricción sorda de la zambomba. Madrid se convierte estos días en una gran fiesta navideña con el sonido del barroco, la suntuosidad de los oratorios de autores como Berlioz o la música de cine.

Un festival condensado. El Festival Vía Magna arranca esta noche con 22 conciertos repartidos por salas e iglesias de toda la ciudad. Hasta el día 28 de diciembre los acordes de los Himnos de Coronación de Haendel y los villancicos se mezclarán con los espirituales negros del Black Light Gospel Choir o las canciones de Carlos Chaouen. Todo en clave navideña, y con un tercio de los conciertos gratuitos y otros cuyas entradas no sobrepasan los 10 euros. Para ver las fechas y horarios de los conciertos, consulte la página del festival (http://www.festivalviamagna.com).

jueves, 13 de diciembre de 2012

La danza española y flamenca aterrizan en el Teatre Arniches

La compañía de José Huertas sobre el escenario.

Más flamenco en el Teatre Arniches de Alicante que recibe el próximo domingo a las 19 horas a la Compañía Mediterráneo, que dirige José Huertas. Una compañía valenciana, que celebra su primer año de vida, llega a Alicante tras su paso por el Teatro Talía de Valencia y su debut internacional en Tailandia (Bangkok).

El espectáculo ‘Mediterráneo’, en el que el público podrá disfrutar de solos, pasos a dos, a tres y coreografías grupales, supone, según su director, José Huertas, “once piezas ejecutadas con mucho gusto, arte y elegancia por nuestros bailarines, chicas y chicos jóvenes y con tantas ganas de experimentar que nos están permitiendo darle un nuevo estilo a la danza española: bailarla con un bolero, mezclada con contemporáneo o con un bastón más tradicional, pero sin perder nuestra identidad como flamencos”.

José Huertas nació en 1970 en Morón de la Frontera, Sevilla. Después de años de formación y trabajo en distintas compañías, da el gran paso a los veinticuatro años, cuando entra a formar parte de la compañía de Antonio Gadés. Dos años después ya era el primer bailarín de la compañía, sustituyendo al propio Antonio. A partir de ahí comienza una extensa carrera que le lleva a bailar en las más reconocidas compañías nacionales de danza española y flamenco.

Pop estrany per a temps confusos

Els components de Mi Sostingut.

En temps de confusió i deshumanització, de crisi i barbàrie, de creixent angúnia vital, s’agraeix que alguns creadors es despengen de la solemnitat, ens agiten i ens ajuden a espolsar-nos l’angoixa. Encara més si la proposta no es queda en l’agitació sense molla, si hi ha una sòlida bastida artística que sostinga la construcció. Quan, temps enrere, Mi Sostingut encara era el projecte unipersonal del músic de la Pobla Llarga Josep Artés, ja s’albirava que ocuparia un lloc destacat en la divisió surrealista de l’escena musical valenciana, compartint pòdium amb Toni de l’Hostal i els Ovidi Twins. Amb la gravació d’una de les maquetes, Artés aconseguí el premi a la formació revelació dels Ovidi Montllor, l’any 2010. Malgrat les impureses, aquelles cançons que Artés anava penjant en el seu espaterrant bloc, A ta mare va que fumes, apuntaven coses. Mancava vestir-les amb una complexitat sonora més elevada. Amb la incorporació primerament de Martín Martorell (baix i veu) i més tard de Raül Uberos (guitarra elèctrica), el Beato (percussió) i Grefu (teclats i veu), s’hi anaren sumant visions i versatilitat instrumental. Faltava algú que acollira el projecte, en aquest cas la sempre interessant discogràfica LaCasaCalba. I, finalment, algú que compartira l’univers psicodèlic dels Mi Sostingut i donara forma a les cançons, tasca de producció que va recaure en Pep Toni Ferrer, cap visible dels mallorquins Oliva Trencada.
El resultat de totes aquestes conjuncions, més terrícoles que astrals, ha estat un disc de debut més que notable, Projecte escolopendra, un treball que sembla concebut perquè el peculiar univers d’Artés trobe un vehicle expressiu confortable: cançons dedicades a una operació a cor obert, al psiquiàtric Pare Jofré, al sol de València, a l’amor homosexual entre obrers de la construcció (Brokeback formigonera) o a trobar una connexió espiritual entre el filòsof medieval Ramon Llull i el malaurat líder de Nirvana Kurt Cobain. Tot això i més encara, abans d’acomiadar-se amb l’esbojarrada Els quatre teletubbies de l’apocalipsi. Però per a sostenir la humorada, que hi està ben present (si no, no tindria sentit fer rimar “embruix” amb “entrecuix”), hi ha una tasca d’inquieta recerca sonora lliure de prejudicis: teclats espectrals, tornades pop, cors jovenívols (recolzats en la bonica veu de Grefu), ambients d’ultratomba, xilòfons, palmes, guitarres distorsionades o ritmes dislocats conviuen sense disfuncions en un mateix espai. Que és el mateix que dir que la banda ha trobat un so característic, una mena de pop estrany que es podria fer servir com a banda sonora d’aquesta era de confusió permanent.
“És una mena de recopilació de les maquetes que havíem fet, cançons que havien estat bastant maltractades"
Sobre els inicis solitaris de Mi Sostingut el mateix Artés aclareix que “no tocava a soles per vocació, sinó perquè no trobava ningú. Més que res per la urgència d’exposar les cançons al més aviat possible”. Així fou. I alguns dels nous membres, que havien escoltat els temes en el bloc, s’hi anaren afegint de manera natural, “sense premeditació”. “En la mesura que s’hi acoblaven nous membres, tothom volia aportar-hi coses, que les cançons foren riques musicalment, que Mi Sostingut no fóra el grup de suport a un autor, sinó que fórem una banda cohesionada i la música no es quedara com un complement a les lletres, que hi haguera un discurs darrere”, reivindica Artés.
Fou el Beato qui proposà encomanar la producció a l’imaginatiu Pep Toni Ferrer. “Ja el coneixíem personalment i musical i a tots ens va semblar molt bé. Coincidíem en el fet que era una bona idea encara que, al mateix temps, no sabíem que en podia eixir. En tot cas, pensem que ha quedat molt bé, estem satisfets”, raona Artés. Una ceba encara amb més capes. El nom del disc, Projecte escolopendra, fa referència, d’una banda, al caràcter del treball. “És una mena de recopilació de les maquetes que havíem fet, cançons que havien estat bastant maltractades i que ara eren gravades i arranjades per a prendre la forma definitiva, com una mena de culminació d’un procés. Però el títol també venia de la novel·la de William Burroughs El banquet despullat, en què apareixen moltes escolopendres. De fet, la influència de Burroughs és bastant patent en algunes lletres”, assenyala Artés. Un còctel servit en directe en dues versions, una de més acústica i una altra d’elèctrica, en xicotetes dosis d’un concert, aproximadament, per mes. “Un nombre d’actuacions adequat per a assajar i mantenir la tensió sense avorrir el personal”, apunta el fundador de Mi Sostingut. Però no sembla que “avorriment” siga, justament, el terme adient al cas.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Charles Rosen, un músico polígrafo que aupó a los grandes

El pianista Charles Rosen fotografiado en 2001 en Londres

El destino ha querido llevarse a Charles Rosen el pasado domingo a poco más de un mes de la muerte de su íntimo amigo Elliott Carter, fallecido el 5 de noviembre a punto de cumplir 104 años. Ambos estuvieron en activo hasta su último suspiro y ahora han dejado su trepidante Nueva York natal sumido en un silencio difícil de llenar. Rosen, un pianista de mérito, estrenó varias obras del compositor, como su Concierto para piano y clave, y fue un cronista fiel y alborozado de los portentos obrados por Carter en sus tres últimas y prodigiosas décadas de vida. Vivían en extremos opuestos de Manhattan, pero paseaban y hablaban por teléfono casi a diario. Ahora se nos han ido juntos, casi de la mano.
Rosen, nacido en 1927, era un hombre de fuertes fidelidades. Otro de los grandes referentes de su vida fue Moriz Rosenthal, un discípulo de Franz Liszt que le enseñó siendo un niño muchas más cosas que tocar el piano. Hablaba de él con devoción y le atribuía todos sus posibles méritos como instrumentista. A pesar de su notable discografía, y de los centenares de recitales ofrecidos durante toda su vida, Rosen nos dio lo mejor de sí mismo no tanto interpretando música como escribiendo e iluminándonos sobre ella. Se convirtió en una celebridad internacional en 1971 con su libro The classical style, un dechado de bien articuladas intuiciones sobre cómo se había fraguado y adquirido su fisonomía el clasicismo musical, que cosechó justos y numerosos premios. Rosen tenía toda la música —sin lindes temporales— en su cabeza, podía establecer interrelaciones, paralelismos o contrastes entre las obras más disímiles a la velocidad del rayo, y los ejemplos se le amontonaban en sus dedos sobre el teclado sin necesidad de partituras. Su mente prodigiosa lo tenía todo procesado, desde un sencillo acorde hasta la fuga más intrincada o la más compleja estructura formal.
The romantic generation, una versión muy ampliada de susConferencias Norton en Harvard, fue su otro gran libro y arrojó una luz insólita sobre los orígenes del romanticismo musical. Antes había escrito, junto con el historiador del arte Henri Zerner, otro de sus fieles,Romanticism and realism, más decantado hacia las artes plásticas, que fueron siempre uno de sus grandes intereses junto con, sobre todo, la literatura, y muy especialmente la francesa (era feliz varios meses al año en su apartamento de París). De todo ello ha escrito, también virtualmente hasta su muerte, durante más de cuatro décadas en The New York review of books: su último artículo, de este mismo mes, trata del oscuro dramaturgo inglés del siglo XVII William Congreve. Su afán de conocer y explorar no conocía restricciones de ningún tipo y poseía el raro don de saber escribir sobre todo y para todos. Critical entertainments y, muy recientemente, Freedom and the arts, reúnen muchos de sus mejores artículos críticos y revelan a las claras que poseía lo que su coetáneo Pierre Boulez, en el libro-homenaje publicado en 2008 con motivo del octogésimo cumpleaños de Rosen (Variations on the Canon), calificó de “une culture vraiment intimidante”.
Sus dos últimos libros publicados en España, El piano: notas y vivencias y Música y sentimiento, son dos miniaturas —personal una, intimista la otra— en comparación con sus estudios más ambiciosos, pero suponen también una lectura obligatoria para completar la imagen de este moderno polígrafo que fue, en privado, un conversador fogoso, a ratos casi desaforado, con un anecdotario vital que parecía no tener fin. Ahora viene al caso recordar, a modo de contrapunto jocoso, la que me contó un día de, quién si no, Elliott Carter, que lo llamó un día alborozado para decirle que había logrado renovar sin mayores problemas su carné de conducir a sus 93 años. Rosen lo felicitó por la proeza, tras lo cual Carter sentenció: “Now I can drive right into the grave” (“ya puedo conducir directo hasta la tumba”). Es imposible olvidar sus carcajadas mientras lo contaba, como cuesta no recordar ahora, al final de este año sordo y cruel que nos ha arrebatado también a Leonhardt, a Henze y a Carter, aquello que afirmó Rosen en una entrevista publicada por este periódico en 1999: “Se ha perdido la costumbre de escuchar música con intensidad”. Rodeados de ruido, y de furia, es algo cada vez más difícil de conseguir, pero él logró hacerlo sin cesar durante una vida plena y nos enseñó todos los secretos para poder seguir su estela.

¿De qué va la creatividad? Doce creativos responden

Los participantes en el proyecto Dozen reunidos en torno a una mesa en el estudio de Uiso lemany.
¿Qué hacen en el taller de Uiso Alemany en plena huerta de Alboraia músicos como José Manuel Casañ y Aristides Abreu, de Seguridad Social, un chef de cocina como Firo Vázquez, un investigador y teórico del arte como Román de la Calle, un cineasta como Sigfrid Monleón, con diseñadores gráficos y comunicadores  como MacDiego y Boke Bazán, o un editor y mecenas como Chano Vernetta? ¿Y qué traman con ellos un  diseñador industrial del sector del mueble, como Jordi Vidal, un músico de vanguardia como Jose Salvador Chapí y la actriz Paula Miralles?
Convocados en torno a una mesa por el director de arte Txema Sánchez, son doce personalidades muy distintas, que no se conocían entre sí y que se pasaron doce horas viviendo una ficción artística, una jornada de reflexión en torno a la creatividad. El proyecto, denominadoDozen, nace de un encargo del impresor Chano Vernetta, y da lugar a un libro exquisitamente editado que, desafortunadamente, no está a la venta y recoge los doce mandamientos de la creatividad, con numerosas fotografías de lo que dieron de si esas 12 horas en la huerta."Lo que desea vender, contagiar, comunicar y reinventar es la idea que tras ese libro se cobija, abierta y disponible", dice Román de la Calle.
No obstante, todo cuanto sucedió allí fue grabado audiovisualmente y por tanto el encuentro ha generado más pensamiento y creatividad en otros soportes, de forma que cualquiera puede ver el corto, las imágenes y las entrevistas a todos los participantes en youtube (http://www.youtube.com/user/TheDozenCreativity), en facebook (https://www.facebook.com/theDozenCreativityTable). "A lo largo de la semana que viene, abriremos un blog, con las fotos y comentarios y  añadiremos más videos de canciones de Seguridad Social y fotos o momentos del evento que están inéditos", anticipa Txema Sánchez.
"La ficción de Dozen", explica el maestro de ceremonias en una autoentrevista, "es sólo un espacio creativo más que nos ayuda a cohesionarnos como parte de una película en la que, supuestamente, salvamos a la humanidad de la pertinaz sequía de ideas en los gobiernos mundiales, para devolvernos a un mundo mejor, gracias al descubrimiento de los doce mandamientos de la creatividad".
La actriz Paula Miralles
en una de las puertas de la alquería de Dozen
Las ideas fluyeron a través de las conversaciones de la alquería y dejaron caer frases como "no a la ética sin estética", de Román de la Calle; "el arte es el cáncer de la creatividad", de Mac Diego; "las reglas están para romperlas", de José Manuel Casany; "la creatividad sobre todo es trabajo", de Firo Vázquez, o "la creatividad es la capacidad de ver" de Paula Miralles. La jornada, en la que participaron otros doce colaboradores en tareas diversas, "resultó tan proífica e interesante", que esta mesa de reflexión creativa "seguramente se repetirá en el 2013, si los mayas se equivocaron, aunque no fuera del todo", aventura Sánchez.

David Bisbal: “Hoy el cuerpo no me pide ni dar media vuelta”


Si alguien habla de un cantante español de rubia melena rizada, la primera imagen que asalta el imaginario patrio es la de David Bisbal. El almeriense, que ha vendido más de cinco millones de discos en todo el mundo, además ha conseguido elevar su cabellera, sus golpes de cadera y sus giros tipo peonza a la categoría de sofisticadas herramientas de márketing. Señas de identidad que resultan inequívocamente reconocibles hasta para quienes denostan o ignoran su producción musical, pero que, de tan explotadas, hace tiempo que cruzaron la frontera de la autocaricatura. Tics que, una vez rentabilizados y como en el caso de un actor, amenazan con el encasillamiento, aunque sus 48 discos de platino hablan de un público fiel e insaciable.
Sea como fuere, Bisbal defiende a capa y espada que existe otro cantante alejado de sus propios estereotipos. Un Bisbal tranquilo, maduro e íntimo que habita en los conciertos acústicos como el que celebró en el Teatro Real de Madrid y cuya grabación le ha valido un Grammy Latino. Live at the Royal Albert Hall, que recoge su actuación en el auditorio de la capital británica, se pone a la venta en exclusiva a través del portal de ventas online Vente-privee.com el 13 de diciembre. Por un periodo de tres semanas y a un precio de siete euros.
Nuevas horizontes musicales y comerciales para un cantante que, tras 10 años de carrera, sigue transmitiendo el mismo aire campechano y sencillo, aunque ya no tan inocente, que cuando fue descubierto en el programa de talentos musicales Operación Triunfo.
Entre entrevista y entrevista, se come unos macarrones con tomate regados con un zumo de naranja, sin apartar la vista ni el pulgar del móvil. Está en forma, pero tiene aspecto cansado. Se acerca la grabadora como el profesional que es de la promoción y se ajusta su icónica melena con una suerte de diadema/goma listo para el último compromiso del día.
- David Bisbal: Dispara.
Pregunta: En España vuelve a reinar en la televisión 10 años después de su paso por Operación Triunfo gracias a su participación en La Voz(Tele5) ¿Qué tal lleva ahora volver a ser un personaje mediático?
Respuesta: La Voz es un programa que me ha permitido ajustar mi agenda de conciertos y además tiene un formato que me gusta, ya participé en la versión mexicana como asesor y en la de Portugal. Es algo evidente que lo mío no es la televisión, pero me apetecía volver a entrar en la casa de todos los españoles.
P: Hoy en día, ¿Para ser una estrella de la música en su género es imprescindible ser también una estrella de la televisión?
R: En absoluto. Mira los casos de Adele o Pablo Alborán. Son artistas nuevos que han sido descubiertos en otros medios, como es Internet, y después llegaron las grandes discográficas. Lo que es verdad es que con el tiempo se va mediatizando más tu carrera.
P: ¿Qué consejo le daría el David Bisbal juez [o coach, como se autodenominan en La Voz] al David Bisbal concursante de Operación Triunfo?
R: Aquel muchacho de OT era muy apasionado pero muy impulsivo. Quizá en lo que le haría trabajar más sería en tranquilizarse, en mejorar su manera de cantar para que el tiempo que esté en contacto con el público no se excite demasiado. Puliría la exageración de los movimientos. Percibo esos mismos errores en algunos de los concursantes de La Voz. El poderío del directo te hace sobreexcitarte y pasarte de la raya.
P: Hablando de movimientos, hace mucho que no se le ve dar esos archifamosos giros sobre el tacón. ¿Es una consecuencia de ese esfuerzo para pulir la exageración en escena?
R: Las vueltas han desaparecido. El objetivo de este disco era mostrar a un David más tranquilo y al reversionar mis temas preferidos con bossa nova o swing, y mi actitud en el escenario tenía que ser diferente. No puedo decir de esa agua no beberé. Si vuelvo alguna vez al pop y me lo pide el cuerpo, lo haré. Y eso no significará que la música que esté haciendo en ese momento sea de menor calidad. Hoy en día, en este concierto, el cuerpo no me pide dar ninguna vuelta, ni media.
P: ¿Cree que el público se cree a ese otro David?
R: Por primera vez en mi carrera he elegido al director artístico de un disco. Y teníamos claro que lo que buscábamos era reversionar mis temas haciéndolos menos comerciales, más de colección. No sabía si a la gente le iba a gustar el cambio, pero la gira se ha alargado casi dos años. Es un orgullo personal decirle a la discográfica ‘veis que mi idea no era tan descabellada’.
P: Tiene unos fans a prueba de bomba.
R: El club de fans es otro departamento más de tu equipo de trabajo. En el concierto del Royal Albert Hall se dieron cita 17. Así que el día de antes organizamos una convención internacional. Era increíble porque entre ellos se daban ideas sobre cómo ayudar a lanzar mi carrera en sus respectivos países.
P: Y más allá del aspecto musical, ¿tenía más éxito cuando tocaba con la orquesta o ahora que le envuelve el aura intocable de estrella?
R: No se me ha dado mal en ninguno de los casos. Ahora soy más comedido. Las proposiciones siempre están ahí, pero eres inteligente y sabes cuándo tienes que abrir el oído y los ojos.
P: ¿Distribuir un disco en exclusiva en un portal web de ventas flash (promociones limitadas en el tiempo) es la versión 2.0 del “me lo quitan de las manos”?
R: Cuantas más plataformas de venta mejor. La industria musical no vive su mejor momento, no es un secreto, y creo que no podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que buscar otras oportunidades. Y a través de este portal voy a llegar a 17 millones de sus socios en ocho países europeos como Alemania, Reino Unido y Francia, lo que puede ser muy importante para mi carrera. El disco saldrá en Latinoamérica, el 14 de febrero y en marzo en Estados Unidos y Canadá. En España relanzaré este trabajo más adelante con mi discográfica [Universal] pero ofreciendo un producto adaptado. Ahora el disco se vende solo a través de Internet pero te llega físicamente a casa, no es descargable.
P: ¿Le ha cogido manía a la Red después de la polémica que suscitó un comentario suyo en Twitter sobre el conflicto egipcio [Bisbal tuiteó: “Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas. Ojalá que pronto se acabe la revuelta”]?
R: Para nada. Hace 10 años empecé con mi foro para estar conectado con mi club de fans. Después apareció MySpace y allí estuve. Y ahora en Facebook y Twitter. Son una herramienta de trabajo muy importante hoy en día y yo sigo utilizándola sin miedo a la opinión pública. Soy tal y como soy y así me quiere la gente.
P: ¿Es cierto que cuando acabe esta promoción se va a tomar un año sabático?
R: No estaré expuesto al público pero seguiré trabajando igualmente. Nada de descansar. Además, cuando empiece a componer me gustaría viajar mucho. A lo largo de estos 11 años he conocido a muchos músicos y la única manera de aprender es uniéndote a ellos. Algunos viven en México, Los Ángeles… Soy como un nómada.
P: Sabrá que ahora en España hay muchos jóvenes que son nómadas por obligación, a los que no les queda más remedio que salir de su país para buscar un futuro ¿Qué opina?
R: Soy un ciudadano más y estoy muy al tanto de lo que sucede en nuestro país. Además, muchos de los amigos que tenía antes de hacerme famoso –que son mis amigos de verdad- tienen muchos problemas para salir adelante. Me parece perfecto que no se queden de brazos cruzados esperando a que nos hagan un cambio. Por mucho tiempo hemos sido un país que ha recibido con los brazos abiertos a gente que buscaba una mejor calidad de vida, y ahora nos toca a nosotros. Pero estoy seguro de que en poco tiempo volveremos a ser ese país.

FUENTE: El País - Cultura

martes, 11 de diciembre de 2012

Toteking y Shotta o al revés

Los raperos Toteking y Shotta.
Les separaban cuatro horas de carretera, las que hay entre Sevilla y Almería, y 10 años de música.Toteking (Sevilla, 1978) y Shotta (Sevilla, 1984), raperos y ahora ambos residentes en la capital andaluza, se han encontrado en el disco Héroe (Sony) y a tenor de la siguiente conversación -y a menos que la gira les termine por separar como a los Gallagher-, la colaboración de los hermanos González tiene pinta de que continuará, como dicen los títulos de crédito. "Por un lado ha sido un puto coñazo compartir las decisiones, mi hermano es muy distinto a mí", empieza disparando Tote al otro lado del teléfono, "pero por otra parte, ha sido la hostia, estaba aburridísimo de escucharme solo en todos los discos".
Con estas credenciales se antoja divertido imaginar el último año de convivencia de dos de los MC más importantes de la escena española, que ya unieron esfuerzos en Tu madre es una foca (2002), aunque en este nuevo trabajo se recoge lo cosechado en los años más recientes. Toteking no rimaba desde hace dos cuando entregó El lado oscuro de Gandhi. Shotta clausuraba la gira de Profundo, al alimón con el productor catalán Griffi. Uno harto de su eco, el otro dispuesto a todo lo que le propusiera su compadre, terminaron en el estudio del primero -en su propia casa-, grabando un disco que invade tantos géneros musicales como pistas tiene el álbum. "En este disco hemos tirado de diferentes productores", cuenta Shotta, también por teléfono. "Trabajamos así, no nos rallamos pensando en estilos, nos gusta que la música sea libre, tampoco nos vamos a meter a hacer reguetón ahora. De hecho creo que este disco es muy rapero, muy crudo tanto en sonido como en las letras, casi diría underground", termina de explicar el hermano pequeño.
No suena a reguetón, pero se cuelan ritmos latinos en Gordos, producido por sus colegas valencianos Heavy Roots. Los violines clásicos del padre de los raperos, Frank T, serpentean vacilantes -con cierto regusto noventero a su éxito La gran obra maestra- en Sanse -"es un tempo muy distinto", apunta Shotta-. El productor Baghira se ha hecho hasta cinco bases instrumentales. Además, han contado con la ayuda de los beats estadounidenses de Nottz, Phoenix e iLLmind. "El trabajo se dividía en dos: la parte hecha con más cariño con los productores amigos y luego el curro con los americanos que básicamente se reduce a 'cuánto cuesta, toma el dinero, gracias por las instrumentales", relata Tote.
Las letras siguen pegadas a la calle, es decir, a la crisis que termina por compartir mostrador en la panadería. "Han salido naturales, no es un disco oportunista como pasa con muchos grupos que no han hablado en su puta vida de nada y ahora escriben de compromiso, y eso me jode", afirma Tote. "En el disco Un tipo cualquiera, ya hacía crítica social, nunca he creído en convertir la música en un panfleto, primero está el arte". La inminencia del fin del mundo es algo que Toteking parece tener en mente desde que un día se descubrió nihilista. "Los políticos me dan asco, pero también pienso que el ser humano es despreciable y deleznable por naturaleza, ahora ya es escandaloso, se trata a la gente como si fuera auténtica mierda", proclama el rapero. "Esto me lo ha parecido siempre, también cuando en la época de la burbuja la gente se compraba dos casas".
Las referencias a los políticos impactan con el bombo y la rima de parapeto, aunque los hermanos González reconocen que hay espacio para "pasarlo bien y divertirse", como en Sanse. En este punto se despierta el fantasma de un cierto desacuerdo que debió planear cuando se trataba de poner letras en común. "Mi hermano y nuestro dj Randy son muy diferentes en este aspecto: son muy activos en las redes sociales, es su manera de cuidar al fan, a mí me gusta hacerlo con buenas canciones", cuenta Tote. "Ellos por ejemplo, son más activos políticamente, han participado en las marchas del SAT, está siempre en la calle, es más activista que yo, está quemadísimo, está en una fase en la que yo estaba hace unos años, hasta que me desesperancé y me volví nihilista". Shotta reconoce las diferencias y las usa para redondear la ecuación: "Tener diferentes personalidades le da un toque más guapo al disco. Yo no soy una copia de mi hermano".

Van Dyke Parks: “Mi música nunca consistió en saber sino en preguntarme”


Van Dyke Parks en una imagen promocional.
Al llegar al hotel donde se ha concertado la entrevista, la imagen del hombre que, en la California contracultural de los sesenta, experimentó con el pop como un científico disparatado, con la cabeza llena de arreglos alegóricos y líricas conceptuales, es más que chocante. Sentado solo en la cafetería, viste con traje y corbata mientras habla por el móvil y consulta un ordenador portátil. Lejos del genio desordenado y maniático que uno, a saber por qué capricho del mitómano que todos llevamos dentro, espera encontrar, Van Dyke Parks parece un ejecutivo a punto de cerrar una importante fusión empresarial.
“Hoy en día, si uno lo pierde o se lo roban, es casi como perder la identidad, tendrías que resetearte”, dice en tono jocoso sobre su portátil. Pero lo que más sorprende, sin duda, es saber que este talento artístico de la música norteamericana, a la altura de muchos grandestótems, se hace acompañar en su concierto en Madrid por músicos españoles con los que no ha tocado nunca “por una simple cuestión de dinero”. Allí donde otros cruzan el charco con todo el equipo, los mánagers y su lista de exigencias, este músico viaja solo para ahorrar gastos y porque apenas van a verle unas decenas de personas.

Su contagiosa amabilidad y su presencia entrañable despistan para apreciar el aura (otra vez la mitomanía) típica del maldito que le rodea: aquella que distingue al músico que, pese a tener una identidad artística admirable e influyente, no ha conocido el éxito y sobrevive en un segundo o incluso tercer plano. Podía haberse reseteado para ser un producto sonoro más accesible, pero no le dio por ahí. “El reconocimiento es importante, como haber sido una inspiración, pero nunca pensé en ser el más exitoso”, sonríe. “He conseguido experimentar y grabar lo que quería y eso es una habilidad que no todo el mundo puede decir”, afirma Parks, que no duda en defender sus tres primeros discos (Song Cycle, 1968, Discover America, 1972, y Clang of the Yanke Reaper, 1975), que hicieron que la crítica especializada le pusiera la etiqueta de genio y han sido recientemente editados por el sello británico Bella Union. “Pertenecen a un periodo muy importante para el oyente: a la era del estéreo, donde los arreglos y el trabajo en estudio eran diferentes a la época de Elvis Presley. Eran los sesenta y no se grababa la música en vivo en los estudios como antes”, explica.
Esa era del estéreo tuvo una de sus piedras filosofales en la cabeza de Brian Wilson. Antes de comenzar su carrera en solitario, Parks ayudó a Wilson como letrista y compañero lisérgico durante las legendarias sesiones de Smile, el disco perdido de los Beach Boys, elaborado entre finales de 1966 y comienzos de 1967. “Aprendí con Brian a hacer lo correcto en un estudio. Era obsesivo, aunque especialmente era muy cuidadoso”, cuenta Parks, que dejó su sello en canciones como Heroes and villains. Pero, con los chicos de la playa recelosos de las inquietudes de Brian y, sobre todo, de la presencia del nuevo intruso, el proyecto se paralizó, aunque vería la luz décadas después, y Parks tiró por su cuenta. “Mi trabajo nunca fue premeditado. No consistía en saber sino en preguntarme”, dice el músico, que en sus álbumes concibió una California onírica y espectral. “California era un concepto. Más bien era algo a lo que quieres pertenecer más que a lo que perteneces. Mi objetivo siempre fue intentar explicar la soledad que te rodea a pesar de los grandes barrios”, señala.
Pero en la California de los hippies, la psicodelia y el blues-rock, la trilogía discográfica que sacó en Warner Records nunca funcionó comercialmente, aunque dejó un imborrable sello en el pop conceptual. “Me sentía contracultural en la propia contracultura. Mi música era muy ecléctica, distinta a la corriente dominante, y difícil de clasificar. De hecho, no había términos periodísticos para definirla”, recuerda el cantante. Junto a él y Wilson, había otros visionarios, también fichados por Warner, como Ry Cooder o Randy Newman, que nunca hicieron como sus compañeros de San Francisco que se corrían las juergas juntos y se creaba una verdadera escena. La pandilla de empollones del pop apenas se veía. “Los Ángeles era un pequeño pueblo, no era Nueva York, pero nunca nos veíamos ni quedábamos. De hecho, yo creo que Ry Cooder y Brian Wilson nunca se vieron. ¡Tengo una foto de los tres juntos, pero hecha en Londres!”, cuenta Parks. “Otra cosa es que unos y otros nos comparásemos de diferentes formas. Pero tanto Ry como Randy como Brian no eran tipos de ir a fiestas. Socialmente, tenían una vida muy privada”, añade.
Esa falta de fraternidad no quita para que, entre los trabajos de todos, hicieran avanzar el pop como un sonido repleto de posibilidades. “El pop que nosotros hicimos, solo en Los Ángeles y no en San Francisco, podía ser la respuesta al sonido del Brill Building de Nueva York, como The Mamas & The Papas podían serlo de los primeros discos de Dylan. Pero es que en 1964 los Byrds fueron la respuesta a los Beatles. Los sesenta fueron unos años llenos de respuestas musicales”, dice.
Pero a Parks también hay que reconocerle su polivalencia, seguramente por una cuestión de supervivencia, llegando incluso a trabajar en series y películas. Es un hombre que se ha puesto todos los trajes posibles en la música, y con notable acierto: compositor, letrista, instrumentalista, productor o arreglista. “Me gusta colaborar. Tiendo mis brazos para que otros los cojan y les ayude. La habilidad de colaborar es formar parte de la idea de otro, si se puede”, dice. Destacadas son sus aportaciones en los arreglos en trabajos de Joanna Newsom o Rufus Wainwright. “Arreglar canciones es muy monacal. Trabajas muy solo y necesitas mucha meditación. Pero tienes una gran responsabilidad, intentas construir un significado poniendo todas las palabras en un orden. Cuando lo consigues sientes ese significado. Como cuando ves una bandada de flamencos que salen volando hacia una nube”, asegura.
Flamencos que salen volando hacia una nube. Uno de esos grandes momentos del arte. Después de tantos años, no habrá tenido éxito pero dice tener la vida llena de esos grandes momentos. Incluso el respeto de aquellos que admira desde sus primeros días. “Cuando grabé el documental The People Speak -basado en el libro La otra historia de los Estados Unidos del historiador Howard Zinn- toqué con Ry Coorder y Bob Dylan. Y Dylan se acercó a mí y me dijo: siempre respeté tu trabajo”.

Diálogos que arrebatan


Ella es portuguesa, él es brasileño. La pianista María Joao Pires y el violonchelista Antonio Meneses hablan la misma lengua. Dialogan sin palabras, con afectividad desde la música. Entre ellos se produce algo así como lo que el cineasta portugués Manoel de Oliveira llama en una de sus películas “amor de perdiçao”. Es un amor que arrebata y contagia a la audiencia. El concierto fue de una hermosura íntima. En la Sonata Arpeggione, de Schubert; en la Opus 38, de Brahms; en la Romanza sin palabras, de Mendelssohn; en una musicalmente deliciosa Pastoral, de Bach, que regalaron como primera propina.

17 Ciclo de Grandes Intérpretes

Maria Joao Pires y Antonio Meneses. Obras de Schubert, Mendelssohn y Brahms. Fundación Scherzo-El País. Auditorio Nacional, 10 de diciembre.
Los grandes intérpretes sienten de cuando en cuando la necesidad de tocar juntos. Si entre ellos existe la complicidad que ayer demostraron Pires y Meneses, sucede lo que sucedió: una velada en el más puro espíritu de la música de cámara. Una demostración de música sosegada, de conversación artística más allá de lo evidente. Pires, en solitario, abordó con sensibilidad los Tres Intermezzi, opus 117, de Brahms. Sin un ápice de virtuosismo, buscando en todo momento las esencias más ocultas de la música. Era la misma actitud que desplegaba en los diálogos con el violonchelista.
Meneses se inclinó por el lado más cantabile de su instrumento en el fraseo. Cantaba el violonchelo, acompañaba el piano. Pieza a pieza la sensación de una belleza cercana se imponía. Una atmósfera de familiaridad acabó por llenar la sala. Qué bonito Schubert, qué vital Mendelssohn, qué interiorizado Brahms, qué luminoso Bach. Es curioso. Con su actitud de sencillez compartida, los intérpretes transmitían continuamente una sensación de verdad. No les hacía falta el exhibicionismo. Su planteamiento iba en otra dirección. Y de esa manera fueron conquistando a un público cada vez más entregado. De Pires sacaba a flote su lado más pedagógico y solidario, de Meneses la pasión melódica de su tierra. Fue un concierto de los que arrebatan, de “perdiçao”.

Un país extranjero


“El pasado es un país extranjero; allí hacen las cosas de forma diferente”. Es el inicio de The go-between, la novela de L. P. Hartley, aquí más conocida por la versión cinematográfica de Joseph Losey, El mensajero. La frase resucita al indagar sobre las giras de artistas de jazz, montadas por el Departamento de Estado en los sesenta.
Asombra saber que, hace cincuenta años, la orquesta de Duke Ellington recorría Oriente representando al gobierno de EE UU. Durante tres meses de 1963, aquella engrasada big band ofreció conciertos y conferencias ilustradas en India, Pakistán, Sri Lanka, Irán, Irak, Afganistán, Siria, Jordania, Líbano. El listado produce vértigo: es obvio que ningún artista occidental podría realizar ahora mismo ese periplo.
No proliferaba el fundamentalismo fanático, capaz de secuestrar ¡o asesinar! a cualquier infiel que se pusiera a tiro. El enfrentamiento se limitaba a las ideologías —comunismo o capitalismo— y no entraba en religiones o estilos de vida. Todos aquellos regímenes, relativamente recientes, alardeaban de laicismo.
Lo que no significa que el viaje de Ellington y compañía estuviera exento de peligros. En Bagdad, coincidieron con el golpe de estado del coronel Arif, que desplazó al partido baazista, con Sadam Husein entre los perdedores. Los aviones bombardearon el palacio presidencial y las escaramuzas llegaron a las calles; con todo, el concierto se celebró y fue transmitido por la televisión gubernamental.
Ignorando el toque de queda, algunos instrumentistas se escaparon a un supuesto nightclub bagdadí. Según su descripción, se encontraron con “dos hombres y veinte mujeres, todos temblando, mientras en el exterior vigilaban tipos con metralletas”. Parece evidente que aquellosjazzmen estaban hechos de una pasta diferente a la de los músicos del tiempo presente.
Asombrosamente, durante la gira no se registraron incidentes dignos de mención. Cierto que hubo que despedir a Ray Nance, trompetista y violinista con historial de drogas: se mostró bronquista y rebelde. Se produjo una situación delicada con el aterrizaje en Nueva Delhi de una “amiga” del Duque, una dama de pasaporte argentino llamada Fernando de Castro Monte, conocida en Las Vegas como la Condesa. No se podía difundir que Ellington era un mujeriego; los cuidadores oficiales se esforzaron en evitar que fueran fotografiados juntos.
Según el Departamento de Estado, los músicos debían proyectar una imagen de “gente honesta, de buena voluntad, informal, laboriosa y casta”. Esa última exigencia revela el abismo de distancia entre los burócratas de Washington y la realidad de una banda en gira. Losjazzmen, forjados en los tiempos ásperos de la segregación y la prohibición, demostraron asombrosos recursos para conseguir compañía femenina y alcohol, incluso en ciudades islámicas.
Había, claro, un plan maestro detrás de aquella gira. Se desarrollaba el argumento de que el jazz representaba el espíritu del american way of life; al celebrar los logros de Duke, también se pretendía diluir las noticias sobre los conflictos raciales en Estados Unidos.
Ellington coincidía por lo menos con el mensaje anticomunista y así se lo hizo saber a periodistas incordiantes en las inevitables ruedas de prensa. Para él, las libertades eran indivisibles: libertad de expresión, libertad sexual, libertad de culto, libertad empresarial; rechazaba explícitamente el concepto del músico funcionario o subvencionado.
La gira abarcaba otros países pero se suspendió en Turquía, al saberse que el presidente Kennedy había sido asesinado en Dallas. Esa dramática conclusión no impidió que Ellington grabara en 1966 un elepé titulado The Far East suite, con formidables piezas que hacían referencia a algunos de los lugares que había visitado.
También el Departamento de Estado hizo las cuentas y le salió un balance positivo. Alguien sugerirá que Ellington era un peón más en el gran tablero de la Guerra Fría. Evidente. Pero había inteligencia en el hecho de exportar algo tan estadounidense como el jazz. Washington incluso ampliaría la propuesta: en los años setenta, patrocinó recorridos internacionales de un revolucionario del calibre de Ornette Coleman o de un eterno insumiso como Charles Mingus. Urge reconocer que era una táctica más sofisticada que la actual, que pasa por mandar losmarines y los drones.

Viaje al final del sonido


La vista nocturna desde la silla del despacho de Manfred Eicher (Lindau, 1943) parece una de esas icónicas portadas que convierten en artefactos culturales reconocibles al instante los discos de ECM, sello alemán de jazz y música contemporánea que fundó hace casi 45 años. El aire gélido, el paisaje boscoso, la promesa del norte, las luces de la autopista a las afueras de Múnich… Igual que en las lacónicas tapas de sus álbumes, el conjunto brinda un juego de espejos metonímico con la armonía de las grabaciones de uno de los productores más influyentes de nuestro tiempo. El creador de una música (y unos envoltorios) definidos por cierto afortunado eslogan de la compañía como “el sonido más bello después del silencio” y que hasta el 10 de febrero reciben un insólito homenaje en forma de exposición en la Haus der Kunst de la ciudad, viejo patio de recreo artístico de Hitler hoy convertido en uno de los centros neurálgicos del arte contemporáneo europeo.
“Todavía ando en busca de mi sonido; trato de no dar nada por hecho. La rutina envenena la creación”, confesó Eicher recientemente durante una sesión de escucha de las novedades del sello, ritual que consiste en sentarse durante varias horas frente a su viejo estéreo para atender sin distracción a una música cristalina, en cuyo interior se podría pasear. “Nadie habla hoy de sonido. Cuando escucho la radio todo parece tremendamente comprimido y ruidoso, registrado sin más criterio que el de impresionar. Sin claridad, cuando no hay nada más misterioso que la claridad. La gente ya no se concentra en la música. La paciencia y la disciplina están en peligro. La escuela de la escucha está en peligro”.
La paciencia, la escuela de la escucha, están en peligro”
Manfred Eicher
El productor, uno de los hombres más esquivos del negocio, abrió a EL PAÍS en un raro gesto las puertas de la fortaleza de ECM, una oficina escondida en el último piso de un anodino edificio industrial, cuya mayor ventaja parece ser la cercanía con la autopista, esa autobahn que es todo un estado de ánimo para los aficionados a la música alemana. La quincena de sus trabajadores comparte espacio con una firma de productos ecológicos de la Toscana por razones curiosamente más sentimentales que prácticas: Eicher y el dueño de la distribuidora alimentaria se conocen desde fines de los sesenta, cuando el segundo financió los primeros balbuceos del sello.
El encuentro con la leyenda se prolongó durante tres días: una relajada cena para tratar asuntos como aquella vez que asistió a los míticos conciertos del primer trío de Bill Evans en el Village Vanguard de Nueva York, la citada sesión de escucha al día siguiente y la entrevista stricto sensu el sábado. Fue la coda a una semana en la que viajó a Oslo para grabar un disco, fue abuelo por segunda vez (felicitó a su hija por teléfono) y se celebró en la oficina una convención mundial de ECM, reunión bianual de los distribuidores del sello (Distrijazz por España) para conocer, encerrados en una sala de audición, el material con el que deberán lidiar en los meses siguientes.
Don Cherry durante una actuación.
No es el único ejemplo de que esta compañía funciona de otra manera: aquí, los discos de oro y otras distinciones, en lugar de colgar de las paredes, se apilan en cualquier esquina, y todo gira en torno al volcánico temperamento de Eicher, su carácter viajero (tema del documentalSounds and silence) y su fama de conformarse con el modo en el que se hacen las cosas solo cuando las cosas las hace él.
Hay pruebas de esto último: si algo une a las cerca de 1.100 referencias de ECM, ya sean la interpretación deEl clave bien temperado de Bach por András Schiff, un disco de free jazz de Sam Rivers o una colección de canciones catalanas y noruegas de Arianna Savall, hija de Jordi Savall, es la frase “Producido por Manfred Eicher”, impresa en ascética tipografía. También, que todas, clásicos de los setenta o relucientes novedades, nunca se descatalogan, ni acaban en el cajón de las ofertas, ni se ofrecen en Spotify como parte de un “conjunto vulgar”, con “una calidad de reproducción pésima”.
“Creo en el respeto por la música; cuesta mucho producirla”, explicó Eicher con vehemencia. “Y no hablo solo de logística, sino de alquilar el estudio, pagar a los mejores ingenieros, hacer viajar a los músicos… No entiendo la serie media. Sé que puede resultar injusto para los menos pudientes, pero prefiero regalar mis discos a venderlos baratos o prostituirlos en Internet”. Y tanto elitismo parece que le resulta, tal vez porque vive en una ciudad donde los discos aún ocupan un lugar destacado en los centros comerciales de lujo: “Hemos sufrido una caída en las ventas, claro, pero no es dramático. Lo que perdemos en un país lo recuperamos en otro. Aún podemos mantener un ritmo de 60 lanzamientos por año”.
El disco homónimo, uno de los más costosos de la historia de una compañía poco dada a reparar en gastos, es parte del trabajo desarrollado entre Pärt y Eicher desde la publicación en 1984 de Tabula Rasa, composición revolucionaria que familiarizó a las audiencias occidentales con un autor hasta entonces oculto, e inauguró la ECM New Series, lugar de acceso para la “música escrita” en un sello hasta entonces básicamente jazz. A Pärt, además, le sirvió para ingresar en la santísima trinidad de la escudería ECM, junto al saxofonista noruego Jan Garbarek y Keith Jarrett, tan fiel como excéntrica superestrella del piano de jazz y autor de The Köln Concert (1975), el mayor éxito de la compañía con cuatro millones de copias vendidas.Pese a su estricta reputación, el día de la entrevista el cabreo pareció justificado. Alguien olvidó reservar las habitaciones de parte de los músicos llegados de Riga para la presentación en sociedad esa noche, con coro y orquesta, de Adam’s Lament, nueva pieza del célebre compositor estonio de “minimalismo religioso” Arvo Pärt, en la Herkulessaal, antiguo salón del trono de Luis I de Baviera destruido durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruido después.
Manfred, Arvo, otro alérgico a las entrevistas, y la mujer de este citaron en un hotel carísimo de Múnich la tarde antes del recital a la prensa europea para tomar el té y hablar de su relación discográfica. “A mí, los discos se me asemejan a lápidas”, dijo el compositor, más socarrón de lo que cabría esperar. “Así que he muerto 10 veces”. La velada, además de resultar un memorable espectáculo de proporciones místicas, sirvió para inaugurar los actos relacionados con la muestra que repasa la trayectoria de Eicher y su sello.
¿Una exposición sobre un productor discográfico? Está claro que Okwui Enwezor, director nigeriano de la Haus der Kunst, célebre por haber comisariado en 2002 la dOCUMENTA 11, opina que ECM (acrónimo de Edition of Contemporary Music) merece una celebración más allá de lo musical (aunque se han programado conciertos asociados). La muestra con la que se estrena como comisario en el centro de arte es un recorrido —también en forma de catálogo, que complementa al exhaustivo libro de hace un par de años Tocando el horizonte. La música de ECM (Global Rhythm)— por los logros artísticos de la compañía y su impacto en la cultura europea: las portadas, los fotógrafos, el diseño gráfico, las películas experimentales de Anri Sala o Stan Douglas o la fructífera asociación de Eicher con Jean-Luc Godard, que en cierta ocasión dijo de la edición de la banda sonora de suNouvelle Vague que “mejoraba” la película. “Es un sello indisolublemente unido a Múnich, pero sobre todo a la personalidad de un hombre”, explicó Enwezor en el cóctel posterior a la première de Pärt. “Además, me interesan las connotaciones políticas de la diáspora de los jazzmennegros en Europa, en la que ECM tuvo un papel especial”.
En efecto, como le gusta recordar a Eicher, que llegó a la ciudad en 1968 para hacer el servicio militar tras estudiar violín en la isla del lago de Constanza en la que nació, teoría musical en Berlín y desarrollar una carrera como bajista, la suya fue también la casa del Art Ensemble of Chicago, de Marion Brown, de Don Cherry y otros exploradores del jazz de los setenta. Pese a que todavía publica al año un puñado de discos de jazz memorables (el último, Sleeper, de Jarrett), su trabajo es tachado por sectores puristas de la afición como melifluo y conservador. Le acusan de que todos sus discos suenan igual. “Hace tiempo que dejaron de afectarme las críticas y los clichés sobre mí. Empecé con el jazz, pero no quise quedarme solo en eso; hay vida más allá”.
Radicalmente fiel a sí mismo, cuesta imaginar que la compañía continúe cuando él falte. “No pienso retirarme hasta que deje de escuchar”, zanjó con un bramido de intimidante inglés tallado en alemán. “No puedo especular sobre el futuro, sino confiar en que a mi muerte ECM continúe como catálogo, porque el valor de lo que hemos hecho es grande”. Tanto, como para llenar un centro de arte muniqués.

Antònia Font se salen por la tangente


Puede que fuese uno de los conciertos que mejor expresase el sentido del Primavera Club. Cierto es que el Arteria Paral·lel no es exactamente el perfil de sala de conciertos que inspira el certamen, pero no es menos cierto que las circunstancias vividas por el festival con el cierre temporal de la sala central, Apolo, le ha obligado a adecuarse de la mejor manera posible a las circunstancias y, desde luego, el Arteria se asemeja más a una sala que no el inhóspito y frío Sant Jordi Club. Pues allí, en el Arteria, junto a Sidecar y Monasterio epicentros naturales de un festival de salas, actuó Antònia Font en el concierto que a la postre suponía formalmente la apuesta más arriesgada de los tres días de programación. El riesgo, algo consustancial, al menos en lo teórico, a un festival que vive de plantear alternativas a la complacencia.
Antònia Font habían preestrenado Vostè és aquí en Vic, cuando el disco no se conocía y el lenguaje del directo apropiado a esta colección de 40 canciones apenas se había expresado. Porque en el fondo no es tan rompedor componer 40 canciones breves tal que suspiros, como escenificarlas una tras otra como si en realidad durasen lo que en pop acostumbra ser lo habitual. Se cambian los tiempos y la dinámica, el público se ve obligado a reaccionar 40 veces —¿aplaudimos?, ¿aplaudimos cada tres temas?, ¿esta canción, Aram, ya ha acabado y toca aplaudir o este breve silencio es un simple recurso para resaltarla?— y además ha de reaccionar ante una profusión de estímulos estilísticos —rock, baladas, sonidos añejos de ciencia ficción barata,reggae, medios tiempos, rumba, pop ochentero— que se amontonan uno tras otro sin que la propia cadencia del concierto conceda espacio a la digestión. El espectador es así víctima de una tormenta de arena en la que el impacto de un grano no tiene relevancia pues ya el siguiente y el siguiente y el siguiente alcanzan la piel. De repente, mientras el concierto avanza, aumenta la sensación de que en el fondo no importan tanto las canciones como su acción conjunta. La tormenta por encima del grano.
Ese es uno de los grandes riesgos del concierto planteado por el grupo mallorquín, lograr que un puzzle de 40 piezas no sea entendido como un todo fragmentado sino como un mapa musical homogéneo, un recorrido en metro atendiendo a la propuesta de la portada del disco, en el que se disfruta con el simple hecho de viajar. No importa tanto dónde se vaya como el hecho de moverse por esa colección de rúbricas que sustituyen a relatos completos. Síntesis versus desarrollo. Y eso cuesta, o al menos así se puede desprender de la reacción del público, que pasó en el Arteria de la alegría a la frialdad, de la tibieza al calor, de la apenas disimulada indiferencia a la entrega rubricada tras el final de la última pieza. Antònia Font propone un aprendizaje sin pautas, una lección en la que cada alumno escoge su forma de tomar, o no, unos apuntes que por otra parte nadie da.
Por fortuna, la materia viva del concierto, las canciones, son ciento por ciento Antònia Font. La pluralidad de melodías, arreglos, tiempos e historias son genuinamente suyas, así como ese dominio de la melancolía mezclada con la broma, el homenaje a sus querencias —la verbena, el surrealismo, los juegos de palabras— y ese añadido que muestra la fortaleza de una voluntad ajena a cualquier consideración externa que representa la inclusión, justo ahora, cuando nadie se acuerda de esta forma rancia de celebración nacionalista, de una versión en castellano de un tema de Tots Sants, Leyenda negra, que cuestiona el V Centenario.
Así las cosas, Antònia Font ofreció el concierto más arriesgado en un festival cuyo propio sentido, las salas de conciertos, parece que hoy en día también está en riesgo. Si resulta que vivimos en un país en el que la Administración mete la pata, el caso Madrid Arena, y acto seguido presiona de manera incomprensible para que los demás cumplan una ley que ya cumplían velando con alocado celo para que no sean tan lastimosamente incapaces como ella misma, entenderemos que el surrealismo es la mejor arma para referir algo inexplicable. En un mundo disparatado salirse por la tangente puede resultar cartesiano. Y la tangente es el hábitat natural de Antònia Font.

Una reposición inteligente

Escena de 'El juramento', en el teatro de la Zarzuela.

Las reposiciones de espectáculos avalados por el éxito, si se hacen con inteligencia y no se abusa de ellas, son una solución más que digna para complementar las programaciones artísticas en tiempos de crisis. La producción de Emilio Sagi para El juramento, con vestuario del fallecido diseñador Jesús del Pozo, se estrenó en 2000. El tiempo no pasa por ella y la solución escénica-teatral se mantiene con la misma frescura que cuando se mostró por primera vez.
El sentido del humor es paralelo a la fantasía visual. La fluida dirección de actores se desarrolla en un espacio escenográfico sugerente de Gerardo Trotti, con el valor añadido de un vestuario rebosante de imaginación. Es un acierto esta recuperación. Transmite una sensación incuestionable del trabajo bien hecho y es una demostración palpable de optimización de recursos. Hoy entra en su última semana de representaciones. Vale la pena acercarse por el teatro de La Zarzuela.
Necesitan las reposiciones escénicas unas prestaciones musicales en consonancia con sus méritos artísticos. El juramento cumple sobradamente estas exigencias irrenunciables, tanto en el reparto vocal como en la dirección musical de Miguel Ángel Gómez Martínez, ajustada y segura como en él es habitual.
El reparto vocal varía según las funciones. El que a mí me correspondió es magnífico. Incisiva y pizpireta Sabina Puertolas, intencionada y graciosísima María Rey-Joly, elegante y solvente Gabriel Bermúdez, impecable teatralmente Luis Alvarez, y más que solventes en su totalidad Javier Galán, David Menéndez o Alexandre Guerrero. Así da gusto, pues el espectador se despreocupa en gran medida de la realización y se centra fundamentalmente en la obra.
Números tan finamente irónicos como el del coro de la murmuración no pasan desapercibidos para el público, y tanto las diferentes romanzas individuales como las escenas de conjunto se muestran con precisión a la par que con gran naturalidad. La representación funciona como un mecanismo de relojería. El público se divierte y la zarzuela de Gaztambide se revaloriza. ¿Una sonrisa para la crisis? Pues sí, pero no lo digamos muy alto por si acaso.
FUENTE: El País - CULTURA