martes, 11 de diciembre de 2012

El final de ‘La reina de la banda’

Jenni Rivera en una actuación en 2010

Lupillo Rivera, también conocido como El toro del corrido, contó una vez que su familia se había criado "en un barrio hardcore", un barrio duro de Long Beach, una ciudad de California a donde emigraron sus padres desde México.
Allí nació en 1969 su hermana Jenni Dolores Rivera Saavedra, que al cabo de un tiempo irrumpió en el mundo de la música de banda mexicana, coto cerrado de hombres duros, se ganó el alias de La reina de la banda y conquistó el mercado hispano de Estados Unidos y el mercado mexicano a través de la música y de la televisión.
El mundo de Jenni Rivera fue, como el de muchos hijos de emigrantes mexicanos de su generación, un híbrido estadounidense-mexicano, una mezcla de español e inglés, del business y de La raza. Un cóctel que quedó sintetizado en un tuit que entró en su cuenta un día antes de su muerte en un accidente de avioneta. "Congrats diva im so happy por todos tus logros". El mensaje bilingüe lo firmaba @MichoacanaFina. El día anterior La reina de la banda había cantado en el Arena de Monterrey, la capital del árido Estado de Nuevo León.
México era la matriz cultural de Jenni Rivera. Estados Unidos era su escuela empresarial. Aparte de haber vendido unos 15 millones de álbumes por todo el mundo, ella era una de las estrellas televisivas de la NBC Universal, donde hizo un reality show de éxito llamado I love Jennique se emitió por el canal por cable Mun2, orientado a público hispano.
También tuvo un programa de radio, una línea de ropa y una línea de cosméticos dirigidos a los hispanos. Ahora estaba preparando para la cadena ABC una comedia en la que iba a representar a una hispana soltera que lucha para sacar adelante a sus hijos.
Jenni Rivera tenía un historial personal que le hubiese permitido interpretar con naturalidad ese papel de mujer sufridora. Tuvo cinco hijos, pero sus relaciones sentimentales fueron abruptas. En especial la que tuvo con José Trinidad Marín, que fue arrestado en el año 2006 por abusar de sus hijas y de una hermana de Rivera.
A raíz del trauma que le provocó Trinidad, la cantante fundó una entidad de ayuda a mujeres matratadas, la Rivera Love Fundation. Otro de sus maridos, Juan López, acabó arrestado y encarcelado por tráfico de drogas en 2007, aunque ella se había divorciado de él en 2003.
Sus tormentos matrimoniales continuaron hasta el día de su muerte. El sábado, en Monterrey, La reina de la banda le contó a la prensa que estaba tratando de salir adelante, porque a ella le pasaban "cosas feas, como a cualquier mujer", porque ella, Jenni Rivera, era "una mujer como cualquier otra". En estos momentos se estaba separando de su último marido, el jugador de béisbol Esteban Loaiza, nacido en Tijuana, la histórica ciudad puente entre México y Estados Unidos.
La vida de Jenni Rivera tuvo un guión telenovelesco en el que tampoco faltaron las balas. En 2006 su hermano Lupillo iba en su camioneta por México y lo tirotearon: siete balas, salió ileso. El episodio final de la chica criada en el barrio hardcore de Long Beach ha sido su muerte en Nuevo León a bordo de una avioneta cuyos trozos quedaron esparcidos en un radio de 300 metros. En su página de Facebook sus admiradores ya escriben palabras de duelo en las dos lenguas de La reina de la banda.
"Una gran señora".
"Nadie la reemplazará".
"¡Te amamos!".
"I still can't believe you're gone".
FUENTE: El País - CULTURA

Viaje al final del sonido


La vista nocturna desde la silla del despacho de Manfred Eicher (Lindau, 1943) parece una de esas icónicas portadas que convierten en artefactos culturales reconocibles al instante los discos de ECM, sello alemán de jazz y música contemporánea que fundó hace casi 45 años. El aire gélido, el paisaje boscoso, la promesa del norte, las luces de la autopista a las afueras de Múnich… Igual que en las lacónicas tapas de sus álbumes, el conjunto brinda un juego de espejos metonímico con la armonía de las grabaciones de uno de los productores más influyentes de nuestro tiempo. El creador de una música (y unos envoltorios) definidos por cierto afortunado eslogan de la compañía como “el sonido más bello después del silencio” y que hasta el 10 de febrero reciben un insólito homenaje en forma de exposición en la Haus der Kunst de la ciudad, viejo patio de recreo artístico de Hitler hoy convertido en uno de los centros neurálgicos del arte contemporáneo europeo.
“Todavía ando en busca de mi sonido; trato de no dar nada por hecho. La rutina envenena la creación”, confesó Eicher recientemente durante una sesión de escucha de las novedades del sello, ritual que consiste en sentarse durante varias horas frente a su viejo estéreo para atender sin distracción a una música cristalina, en cuyo interior se podría pasear. “Nadie habla hoy de sonido. Cuando escucho la radio todo parece tremendamente comprimido y ruidoso, registrado sin más criterio que el de impresionar. Sin claridad, cuando no hay nada más misterioso que la claridad. La gente ya no se concentra en la música. La paciencia y la disciplina están en peligro. La escuela de la escucha está en peligro”.
La paciencia, la escuela de la escucha, están en peligro”
Manfred Eicher
El productor, uno de los hombres más esquivos del negocio, abrió a EL PAÍS en un raro gesto las puertas de la fortaleza de ECM, una oficina escondida en el último piso de un anodino edificio industrial, cuya mayor ventaja parece ser la cercanía con la autopista, esa autobahn que es todo un estado de ánimo para los aficionados a la música alemana. La quincena de sus trabajadores comparte espacio con una firma de productos ecológicos de la Toscana por razones curiosamente más sentimentales que prácticas: Eicher y el dueño de la distribuidora alimentaria se conocen desde fines de los sesenta, cuando el segundo financió los primeros balbuceos del sello.
El encuentro con la leyenda se prolongó durante tres días: una relajada cena para tratar asuntos como aquella vez que asistió a los míticos conciertos del primer trío de Bill Evans en el Village Vanguard de Nueva York, la citada sesión de escucha al día siguiente y la entrevista stricto sensu el sábado. Fue la coda a una semana en la que viajó a Oslo para grabar un disco, fue abuelo por segunda vez (felicitó a su hija por teléfono) y se celebró en la oficina una convención mundial de ECM, reunión bianual de los distribuidores del sello (Distrijazz por España) para conocer, encerrados en una sala de audición, el material con el que deberán lidiar en los meses siguientes.
Don Cherry durante una actuación.
No es el único ejemplo de que esta compañía funciona de otra manera: aquí, los discos de oro y otras distinciones, en lugar de colgar de las paredes, se apilan en cualquier esquina, y todo gira en torno al volcánico temperamento de Eicher, su carácter viajero (tema del documentalSounds and silence) y su fama de conformarse con el modo en el que se hacen las cosas solo cuando las cosas las hace él.
Hay pruebas de esto último: si algo une a las cerca de 1.100 referencias de ECM, ya sean la interpretación deEl clave bien temperado de Bach por András Schiff, un disco de free jazz de Sam Rivers o una colección de canciones catalanas y noruegas de Arianna Savall, hija de Jordi Savall, es la frase “Producido por Manfred Eicher”, impresa en ascética tipografía. También, que todas, clásicos de los setenta o relucientes novedades, nunca se descatalogan, ni acaban en el cajón de las ofertas, ni se ofrecen en Spotify como parte de un “conjunto vulgar”, con “una calidad de reproducción pésima”.
“Creo en el respeto por la música; cuesta mucho producirla”, explicó Eicher con vehemencia. “Y no hablo solo de logística, sino de alquilar el estudio, pagar a los mejores ingenieros, hacer viajar a los músicos… No entiendo la serie media. Sé que puede resultar injusto para los menos pudientes, pero prefiero regalar mis discos a venderlos baratos o prostituirlos en Internet”. Y tanto elitismo parece que le resulta, tal vez porque vive en una ciudad donde los discos aún ocupan un lugar destacado en los centros comerciales de lujo: “Hemos sufrido una caída en las ventas, claro, pero no es dramático. Lo que perdemos en un país lo recuperamos en otro. Aún podemos mantener un ritmo de 60 lanzamientos por año”.
El disco homónimo, uno de los más costosos de la historia de una compañía poco dada a reparar en gastos, es parte del trabajo desarrollado entre Pärt y Eicher desde la publicación en 1984 de Tabula Rasa, composición revolucionaria que familiarizó a las audiencias occidentales con un autor hasta entonces oculto, e inauguró la ECM New Series, lugar de acceso para la “música escrita” en un sello hasta entonces básicamente jazz. A Pärt, además, le sirvió para ingresar en la santísima trinidad de la escudería ECM, junto al saxofonista noruego Jan Garbarek y Keith Jarrett, tan fiel como excéntrica superestrella del piano de jazz y autor de The Köln Concert (1975), el mayor éxito de la compañía con cuatro millones de copias vendidas.Pese a su estricta reputación, el día de la entrevista el cabreo pareció justificado. Alguien olvidó reservar las habitaciones de parte de los músicos llegados de Riga para la presentación en sociedad esa noche, con coro y orquesta, de Adam’s Lament, nueva pieza del célebre compositor estonio de “minimalismo religioso” Arvo Pärt, en la Herkulessaal, antiguo salón del trono de Luis I de Baviera destruido durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruido después.
Manfred, Arvo, otro alérgico a las entrevistas, y la mujer de este citaron en un hotel carísimo de Múnich la tarde antes del recital a la prensa europea para tomar el té y hablar de su relación discográfica. “A mí, los discos se me asemejan a lápidas”, dijo el compositor, más socarrón de lo que cabría esperar. “Así que he muerto 10 veces”. La velada, además de resultar un memorable espectáculo de proporciones místicas, sirvió para inaugurar los actos relacionados con la muestra que repasa la trayectoria de Eicher y su sello.
¿Una exposición sobre un productor discográfico? Está claro que Okwui Enwezor, director nigeriano de la Haus der Kunst, célebre por haber comisariado en 2002 la dOCUMENTA 11, opina que ECM (acrónimo de Edition of Contemporary Music) merece una celebración más allá de lo musical (aunque se han programado conciertos asociados). La muestra con la que se estrena como comisario en el centro de arte es un recorrido —también en forma de catálogo, que complementa al exhaustivo libro de hace un par de años Tocando el horizonte. La música de ECM (Global Rhythm)— por los logros artísticos de la compañía y su impacto en la cultura europea: las portadas, los fotógrafos, el diseño gráfico, las películas experimentales de Anri Sala o Stan Douglas o la fructífera asociación de Eicher con Jean-Luc Godard, que en cierta ocasión dijo de la edición de la banda sonora de suNouvelle Vague que “mejoraba” la película. “Es un sello indisolublemente unido a Múnich, pero sobre todo a la personalidad de un hombre”, explicó Enwezor en el cóctel posterior a la première de Pärt. “Además, me interesan las connotaciones políticas de la diáspora de los jazzmennegros en Europa, en la que ECM tuvo un papel especial”.
En efecto, como le gusta recordar a Eicher, que llegó a la ciudad en 1968 para hacer el servicio militar tras estudiar violín en la isla del lago de Constanza en la que nació, teoría musical en Berlín y desarrollar una carrera como bajista, la suya fue también la casa del Art Ensemble of Chicago, de Marion Brown, de Don Cherry y otros exploradores del jazz de los setenta. Pese a que todavía publica al año un puñado de discos de jazz memorables (el último, Sleeper, de Jarrett), su trabajo es tachado por sectores puristas de la afición como melifluo y conservador. Le acusan de que todos sus discos suenan igual. “Hace tiempo que dejaron de afectarme las críticas y los clichés sobre mí. Empecé con el jazz, pero no quise quedarme solo en eso; hay vida más allá”.
Radicalmente fiel a sí mismo, cuesta imaginar que la compañía continúe cuando él falte. “No pienso retirarme hasta que deje de escuchar”, zanjó con un bramido de intimidante inglés tallado en alemán. “No puedo especular sobre el futuro, sino confiar en que a mi muerte ECM continúe como catálogo, porque el valor de lo que hemos hecho es grande”. Tanto, como para llenar un centro de arte muniqués.

Luís Eduardo Aute: “Estamos gobernados por terroristas financieros”

Luís Eduardo Aute

Tras 46 años de carrera profesional, Luis Eduardo Aute no baja la guardia. Su último trabajo recién editado, El niño que miraba el mar, incluye un cedé con 12 canciones y un DVD con la película de animación El niño y el basilisco realizada totalmente a mano por el propio artista. El próximo viernes, Aute presentará este trabajo en Barcelona, en la sala Arteria Paral.lel.
“Primero se proyecta la película que dura unos 20 minutos y después viene el concierto”, explica. “Como si fueras al cine y proyectaran el cortometraje y después la película. En vez de película, concierto. La película es como una canción más o las canciones son como otras películas más”.
Pregunta. La película y las nuevas canciones están íntimamente ligadas, ¿cómo nació el proyecto?
Respuesta. Salió de casualidad. En el verano antepasado mi hija me hizo una fotografía en el malecón de La Habana mirando al mar. Al verla, recordé otra que me hizo mi padre cuando tenía dos años en el malecón de Manila en 1945. Me quedé sorprendido por la casualidad. De vuelta mis hijos hicieron un montaje con las dos fotos y vi que había un motivo a desarrollar. Lo primero que se me ocurrió fue la película, pero también por accidente. Como en el montaje fotográfico nos veíamos de espaldas, hice un dibujo de los dos de frente y ese dibujo me llevó a hacer más dibujos y de ahí a la animación, pero sin saber adónde iría. Hice un dibujo y después otro,... y a partir de ahí me vino la canción. Seguí dibujando y empezaron a salir las otras.
P. ¿Qué diferencia encuentra entre escribir una canción y hacer una película?
R. Es más complicado hacer canciones porque has de traficar con palabras y las palabras son más puñeteras. Encierran conceptos, has de expresar emociones y reflexiones y ha de tener una estructura. Una canción dura tres minutos y tiene que contar algo. En cambio dibujar es la mejor terapia para cualquier tipo de problema mental, dibujar es una medicina barata, divertida y que cura más.
P. El resultado es más autobiográfico que otras veces.
R. Puede ser porque parte de una foto. Mis canciones no son estrictamente autobiográficas, pero son canciones muy subjetivas relacionadas con mi manera de ver las cosas.
P. Algunos temas del nuevo disco inciden en la actualidad...
R. ¡Qué remedio! Me gustaría hacer canciones menos intensas en ese sentido pero vivimos tiempos en que es muy difícil no ser sensible a todo este horror.
P. ¿El artista debe reflejar esta problemática social en su trabajo?
R. No es que se deba sino que es inevitable, salen así las canciones. Leo el periódico o veo algo y tengo la necesidad de hablar sobre el tema. A veces de repente en vez de reflexionar sobre el momento histórico sale una canción de amor pero muy impregnada de este tiempo que estás viviendo.
P. ¿Cómo lo está viviendo?
R. Como todos, con perplejidad ante esta situación de inseguridad, de vértigo, de amenaza de quedarnos a la intemperie. En este disco profundizo en esa sensación de incertidumbre, de angustia, de no ver alternativas, de no creerte lo que estás viendo y te están contando, de estar ya manifiestamente gobernados por terroristas financieros que son quienes deciden. Desconcierto también porque en las crisis anteriores se podían ver alternativas, ahora más que una crisis es una mutación histórica que está acechando a todo el llamado mundo occidental.
P. En un panorama como este, ¿el basilisco es el que nos puede salvar?
R. Es un animal mitológico al que desde hace mucho le tengo un cierto afecto. Es un bicho perverso, pero me cae simpático. Tal vez por eso de que mata con la mirada y porque llora lágrimas de fuego. Tiene capacidad de llorar aunque luego las lágrimas quemen. Tengo un guión escrito para una peli desde hace muchos años que se llama Las lágrimas del basilisco que nunca se hizo. Aquí el basilisco de alguna forma es el monstruo que todos llevamos dentro y que es consecuencia del paso del tiempo entre otras cosas, uno por pura supervivencia va convirtiéndose en un monstruo. Nos vamos monstruorizando, no existe el verbo, pero...
FUENTE: El País - CULTURA